La amarga lección del fútbol
Daniel Martín
El viejo aforismo “El fútbol es así” resume al tiempo que oculta las grandes injusticias que se esconden detrás del llamado deporte rey, quizás la más aleatoria de las prácticas atléticas. Es poco frecuente que en el balompié, salvo en los campeonatos de liga, gane el mejor. Lo habitual es que gane el más listo o/y el que tenga el beneplácito de la FIFA, algo así como el amo del tétrico calabozo que en el fondo es el fútbol profesional.
El pasado domingo Italia se proclamó campeona del Mundial de Alemania 2006. En octavos de final se impuso injustamente a Australia gracias a un penalti que no fue pero que pitó el árbitro español Medina Cantalejo que, nada extrañamente, también apareció en la final como cuarto árbitro. Italia sólo jugó un buen partido. Ante la anfitriona en semifinales; seguramente ese y el Brasil-Francia fueron los mejores partidos del Mundial. Italia, durante el resto del campeonato, se limitó a defenderse con uñas, dientes y esas tretas que andan a medio camino de la mera marrullería y la trampa pura y dura, generalmente consentida por esa FIFA que actúa de la forma más hipócrita del mundo: siempre defiende de boquilla el juego limpio, pero en la práctica nunca lo castiga con la severidad necesaria.
En este Mundial lo de Italia ha sido de escándalo, aunque muy pocos griten la injusticia y la mayoría mire hacia otro lado. El partido del domingo comenzó con una clara agresión de Cannavaro a Thierry Henry. Pero esa, claro, no la vio nadie. Sin embargo, en la prórroga, el Zidane de las tristes rabietas le dio un cabezazo infantil a Materazzi, un violento pandillero reconvertido en central y “machaca”, cabezazo que tampoco vio el árbitro y que habría pasado inadvertido si el español Medina Cantalejo –por algo andaba por allí– no avisase tras ver la repetición del golpe en una pantalla de televisión. Algo que la FIFA –no se sabe por qué– no contempla en sus normas. La expulsión de Zidane, justa, fue ilegal. Como ilegal fue el gol de Materazzi, y muchas otras maniobras italianas que quedaron sin castigo.
Lo de menos es si es cierto que la FIFA estaba especialmente interesada en que ganase Italia este Mundial, si lo que digo es cierto o tan solo una conjetura sin fundamento. Lo que pretendo decir es que el fútbol nos enseña que en estos tiempos sólo vencen los que se saltan las reglas. El fair play es una gran tontería que no sirve para nada. En la final Francia le dio un baño a Italia. Los franceses jugaron mejor, tuvieron más ocasiones, apenas dejaron aparecer a Italia, que sólo marcó en un córner y gracias a una falta. Sin embargo, al final ganó –un Mundial, nada menos– el peor equipo, una selección cuya máxima virtud es la pillería que a veces bordea la agresión más barriobajera. Pero ganan, y quizás indiquen el camino para que España deje de ser la de los tristes destinos.
Porque el domingo fue el día en que definitivamente se despidió el fútbol. Dando cabezazos, nada menos. Zinedine Zidane, un bailarín que jugaba el fútbol y hacía cosas imposibles según las leyes de la Física, jugó su último partido y demostró a medio mundo que no hay sustituto posible para él. Y no por la estética de sus formas, sino porque en el fondo jugaba dentro de un once, sirviendo al equipo, convirtiendo en mejores a sus compañeros. El resto de esas grandes estrellas que quieren vendernos, son más virtuosos del balón que maestros del campo de fútbol. Zidane hacía un regate maravilloso para colocarse en mejor posición para pasar enseguida el balón o disparar a puerta. Los nuevos valores hacen regates para aparecer en el próximo anuncio de una marca de refrescos, zapatillas o relojes.
Nunca en mi vida he visto jugar a nadie al fútbol como Zidane. Ni siquiera Maradona, en mi opinión, se le acerca. Además, Zidane era un ejemplo fuera de los campos de fútbol. Ni una mala palabra, ni un mal gesto, y sí mucha atención a los aficionados, especialmente a los más jóvenes. Tan bueno era, tan superior, tan único, que de vez en cuando se enfadaba con el mundo y se liaba a cabezazos. El del domingo no fue el primero. Pero será el último. Y resulta significativo que Zidane se despidiese del fútbol agrediendo a un futbolista menor que es famoso por su juego sucio. Cuando todos pensábamos que Zizou se despediría con un taconazo, una ruleta o un control orientado, golpeó, literalmente, al peor fútbol. Ese que, el domingo, también le contagió a él.
Cuentan las escuelas universitarias que el ‘catenaccio’ lo inventó Nicolás de Maquiavelo. Y los italianos ya llevan cuatro Mundiales a cuestas. Brasil, después de maravillar y perder en España 82, ganó dos Mundiales cerrándose bien atrás. Y cada equipo campeón lo es no porque juegue mejor, sino porque sabe llevar mejor el engaño, la pillería, la trampa. La FIFA habla de juego limpio, y sin embargo fomenta con sus arbitrajes que los jugadores intenten engañar, jugar duro, que las defensas se impongan a los ataques, que las faltas se castiguen menos que las protestas. Así no hay sitio para Zidane ni nadie que se le parezca. Fue lamentable que perdiese los nervios en su despedida, en la final, dejando a Francia en manos de los penaltis y de la suerte. Antes, nos regaló otro buen partido. Pero, como muchos, terminó hartó y, como nadie más, se lió a mamporros. Adiós al más grande futbolista, y saludos a esa Italia campeona que sirve como perfecta metáfora del mundo que vivimos y sufrimos: ese en el que impera la ley del más listo, del más fuerte, del menos ético.
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