miércoles, 10 de septiembre de 2008
Los Protocolos Fraudulentos de Sión
6 Septiembre 2008
Los Protocolos Fraudulentos de Sión

El antisemitismo comprende un ideario infame que enzuriza a cuantos se dejan persuadir por el patrocinio de la animadversión a los judíos y a sus usanzas. Acerca de este abstruso odio enconado, que prácticamente se remonta al principio de los tiempos, al menos de los tiempos bíblicos, ya hay constancia en algunos episodios de la Tanaj, el conjunto de veinticuatro libros canónicos que relata la historia de los hebreos y que en el orbe cristiano se conoce como Antiguo Testamento. Con posterioridad a aquellos acontecimientos renombrados en las Escrituras, los judíos serían expulsados de la Tierra Prometida en la diáspora ordenada por la Roma Imperial y al legalizarse la práctica del cristianismo, que originariamente había sido una secta disidente del mismo judaísmo, para convertirse en la religión oficial del Imperio Romano, empezaron a ser vistos como seres enigmáticos y perniciosos. Durante el transcurso de la brumosa Edad Media, el acoso a la religión y al modo de vida de los judíos se tomó por costumbre en los territorios de consolidada tradición cristiana como España, de donde fueron expulsados en 1492 por los Reyes Católicos. En 1933, cuando emergía la pesadilla de la Alemania Nazi, comenzaron allí a institucionalizarse todo tipo de actitudes discriminatorias hacia ciertas minorías que, en su soberbia borrachera, se les antojaron inferiores. A los judíos los responsabilizaron entre otras cosas, de la crisis económica que embargaba al país y de su dolorosa derrota en la Primera Guerra Mundial, en la que no les cabía la menor duda de que hubieran mediado a través de una organización secreta que de lejos venía conspirando para dominar el planeta. Fue el ideólogo del Partido Nazi, Alfred Rosemberg, quien exhortó a Hitler para que se abocara a la lectura de un documento falaz y malintencionado justo cuando andaba desarrollando sus abominables ideas. Aquel documento que se conocería con el título de “Los Protocolos de los Sabios de Sión” iba a desempeñar un papel determinante para la ostentosa maquinaria que hacía funcionar la propaganda nazi, y se publicaron más de veinte ediciones durante aquella etapa con el propósito de confundir a la sociedad para justificar sus inminentes proyectos.
En la redacción de “Los Protocolos de los Sabios de Sión”se ponía en evidencia un plan de dominación mundial urdido por los judíos durante un congreso sionista que había tenido lugar en la ciudad de Basilea el domingo 29 de Agosto de 1897 según versiones posteriores al borrador original de la misma obra, que aparecía en una novela titulada “Biarritz” en donde su autor, un resentido funcionario prusiano defenestrado por los bolcheviques llamado Herman Goedsche, describía una supuesta reunión en el cementerio judío de Praga entre los líderes de las doce tribus de Israel con el mismísimo diablo, recuperando allí el pretérito mito sofístico que pretendía emparejar al judaísmo con el mal en cualquiera de sus formas. Además resulta que otra parte de aquel documento había sido plagiado de una sátira francesa titulada “Diálogos en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”, obra que me hizo llegar hace unos años la misma persona que por primera vez me habló de los Protocolos como si estos fueran auténticos y no la burda falsificación antisemita que sin duda son. Aún así el texto y su malintencionado contenido continúa llamando la atención de quienes no pretenden otra cosa que alimentar la llama incandescente del odio contra los judíos y por asociación contra Israel, aunque no parecía saber mi altruista amigo, si acaso no omitió el dato como suele suceder cuando uno anda limitado por las ligaduras de una corriente de opinión extrema, que el texto de Maurice Joly fue concebido con el objeto de detractar encubiertamente a Napoleón III y nada tenía que ver con el judaísmo, ni para bien, ni para mal.
En “Los Protocolos de los Sabios de Sión” se enumeraban las supuestas actas en donde los judíos decretaban sus planes secretos para someter a la población mundial, que no debían ser tan secretos cuando estaban al alcance de cualquiera que quisiera leer los veinticuatro protocolos contenidos que, entre otras cosas, emparentaban a los judíos con el iluminismo y la francmasonería, organización aristocrática dentro de otra sociedad secreta, la masonería, infiltrada en todos los ámbitos relevantes de la sociedad para difundir ideas en contra de la moral, de la Iglesia y del orden establecido. Se acusaban de ser fautores del bolchevismo, cuyo objeto era a su vez instigar una revolución mundial, de adueñarse del poder económico para al fin domeñar a las demás naciones y de cualquier problema pasado o en ciernes que afectara a la humanidad.
El caso es que lo que originariamente había sido un relato ficticio fue cobrando visos de realidad y de notoriedad histórica después de la revolución rusa, cuando los encolerizados prosélitos del Zar, el último de los Romanov, que resultara traumáticamente destituido, buscaron el modo de justificar lo que era inevitable adjudicando a los judíos la responsabilidad de haber puesto en marcha un complot para esclavizar al resto de la humanidad. La misma mentira sería adaptada una y otra vez ajustándose a las necesidades de ciertos prohombres con oscuros, o no tanto, intereses, como el magnate de los automóviles Henry Ford, aplaudido por el mismísimo Adolf Hitler por su denodada labor en la difusión de aquellos protocolos que tan a placer le caerían a él para justificar parte de su política contra los judíos, como hoy los antisemitas se escudan, haciendo idéntico uso del libro, en el antisionismo para camuflar sus verdaderos sentimientos, que no son tanto políticos como de aversión racial.
“Los Protocolos de los Sabios de Sión” es en realidad una obra antisemita cuyo contenido, sus mentiras malintencionadas en contra de los judíos, ha sido desarticulado de cabo a rabo, aunque aún continúa circulando entre grupos de la extrema derecha y organizaciones terroristas como Hamas, que en ocasiones ha oreado el fraudulento mamotreto como si contuviera hechos ciertos para justificar, lo mismo que Hitler, sus crímenes contra la población civil israelí. Esto conduce directamente al emergente antijudaísmo que es hilo común de la retórica militante islamista, opuesta por sistema a Israel y ultrapasando en mucho lo que de palabra cualquier otra doctrina permitiría.
Lo más lamentable de este inequívoco engaño, premeditado y malsano, es sin duda su efectividad y es por ello que, para abrir un espacio a la reflexión, concluyo articulando yo también un hipotético diálogo al respecto, aunque no todavía desde el infierno, claro:
-Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos.
-La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha.
(Respectivamente Maquiavelo y Montesquieu.)
Tags: judeofobia, antisemitismo

